INTRODUCCIÓN

El carácter singular del ministerio presbiteral y la importancia del mismo para la vida de la Iglesia, exigen, en quienes han sido llamados a él por el Señor, una formación específica que los capacite para vivir con todas sus exigencias este misterio de gracia y para ejercer con responsabilidad este ministerio de salvación.

La Iglesia, movida por la responsabilidad que le incumbe y por el “derecho propio y exclusivo de formar a aquellos que se destinan a los ministerios sagrados”, reconoce la necesidad y urge el establecimiento de medios e instituciones para la formación propia de los llamados al sacerdocio.

Aleccionada además por su propia experiencia histórica, la Iglesia comprueba y confirma la necesidad de los Seminarios Mayores para la formación sacerdotal. En ellos, los jóvenes que desean llegar al sacerdocio, encuentran el medio adecuado para el cuidado y seguimiento de la propia vocación, para el equilibrado desarrollo de su personalidad humana, para la conveniente formación pastoral. La experiencia de la vida comunitaria y el conocimiento y vinculación entre los que están llamados a formar el futuro Presbiterio, colaboran a su vez a descubrir en profundidad el misterio de la Iglesia y las exigencias de la fraternidad sacramental.

Las fuentes en las que se manifiesta de forma más clara el sentir actual de la Iglesia respecto a la naturaleza los objetivos y los medios de la formación sacerdotal son: la Sagrada Escritura y la Tradición, el Magisterio de la Iglesia, los rituales de Ordenación y la normativa disciplinar. La voz del Espíritu se manifiesta además en el discernimiento evangélico de los signos de los tiempos, el común sentir de las comunidades cristianas y el testimonio de quienes, en las más diversas circunstancias, han vivido de forma ejemplar la vocación al sacerdocio ministerial.

A la hora de abordar hoy la configuración de los Seminarios Mayores y la estructuración de la formación específica a ellos confiada, han de tenerse en cuenta dos factores importantes:

  1. Las circunstancias y las exigencias características del tiempo y lugar en que vivimos.
  2. Las experiencias de renovación realizadas en los últimos años en lo que concierne a la formación sacerdotal.

Las profundas mutaciones operadas en nuestro mundo y en el seno de la sociedad española, colocan a la Iglesia y sus instituciones ante una nueva situación. El nuevo contexto sociopolítico, el pluralismo cultural y fenómenos como la aconfesionalidad del Estado y la secularización, entre otros presentan nuevas exigencias que reclaman lucidez para configurar las instituciones y los medios de formación de los futuros presbíteros.

EL SEMINARIO MAYOR

El Seminario Mayor constituye un comunidad humana, eclesial, diocesana, educativa, a la que el Obispo, según las normas de la Iglesia, confia la tarea de formar a los fUturos sacerdotes seculares diocesanos.

Como comunidad humana, los formadores y seminaristas comparten un proyecto de vida en común y participan, cada uno según su función y responsabilidad, en el mismo proceso formativo. La convivencia y la amistad entre los distintos miembros del Seminario tienen como horizonte la educación de personas llamadas a formar “una comunidad familiar que vive con gozo la presencia, la palabra y el amor de Cristo resucitado”.

Como comunidad eclesial:

  • El Seminario es básicamente comunidad de discípulos del Señor que, a partir de la profesión de una misma fe, celebrando una misma Liturgia y en la experiencia fraternal de un mismo amor, vive el Misterio de Cristo y es, en medio del mundo, signo e instrumento de salvación.

  • La vida de sus miembros está llamada a ser, al estilo del discipulado de Jesús, una comunidad de creyentes que, vinculados al Señor,y participando de su vida, quieren vivir con radicalidad el espíritu del Evangelio. Así han de actuar también quienes allí trabajan al servicio del Seminario.

  • El Seminario ha de vivir abierto, solidaria y servicialmente, a la Iglesia y al mundo de hoy estando muy atento a sus necesidades. Como comunidad eclesial diocesana, el Seminario vive en comunión con su Obispo y el Presbiterio, conoce de cerca sus preocupaciones pastorales y está inserto en la vida de la Diócesis participando de sus esperanzas e inquietudes y prestando, dentro de sus posibilidades, aquellos servicios que el Seminario puede ofrecer a la comunidad diocesana.

  • Los formadores de los futuros sacerdotes han de programar con realismo, con claros criterios pastorales y educativos y en estrecha colaboración con los organismos diocesanos, las formas por las que se ha de hacer realidad la integración y el servicio de los aspirantes al sacerdocio en las acciones pastorales de la Diócesis.

  • Por su parte, toda la comunidad diocesana, a quien “incumbe el deber de fomentar las vocaciones para que se provea suficientemente a las necesidades del ministerio sagrado en la Iglesia entera”, debe situarse ante el Seminario Mayor con espíritu de positiva y eficaz colaboración. Para ello, los formadores deberán crear los cauces necesarios para dar a conocer la vida del Seminario, sus planes educativos, preocupaciones, logros y necesidades, a todas las familias cristianas, a los educadores y, de manera especial, a los sacerdotes.

  • El Seminario Mayor se mantendrá especialmente vinculado con el Presbiterio diocesano, del que en su día formarán parte quienes hoy reciben la formación sacerdotal. A este efecto, el Rector y los formadores de acuerdo con el Obispo deben procurar mantener informados a los sacerdotes, utilizando además los medios oportunos que hagan posible su presencia real y constructiva en la comunidad del Seminario. A los sacerdotes compete, de modo especial, promover vocaciones, guiar con testimonio de palabra y obra y preparar con interés a todos aquellos que dan signos de vocación al sacerdocio y desean ingresar en el Seminario.

LA FORMACIÓN DE PASTORES

“Toda la educación de los seminaristas debe tender a la formación de verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor”.

La formación de pastor es, por tanto, la finalidad y el objetivo flindamental de los Seminarios Mayores. Las diversas dimensiones de la formación, humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria, incluso la disciplina y la metodología educativa de la comunidad del Seminario, han de ordenarse conjuntamente a este fin pastoral.

En la formación de los futuros pastores, el Seminario ha de prestar atención y fidelidad a la identidad del presbítero tal y como se deduce del Nuevo Testamento, ha sido confirmada por la Tradición de la Iglesia, descrita por el Concilio Vaticano II y desarrollada por posteriores Documentos del Magisterio.

A la luz de estas fuentes el Seminario está llamado a proflindizar en la realidad permanente del sacerdocio ministerial y a buscar con radical sinceridad lo que la Iglesia y el mundo piden al ministerio presbiteral en el momento presente.

LA FORMACION ESPIRITUAL

La formación espiritual unifica y firndamenta todas las demás dimensiones y objetivos de la formación del seminarista. Una correcta formación espiritual evitará actitudes y prácticas dualistas, evasiones espiritualistas, la dispersión por el activismo, la superficialidad, el vacío o la pérdida de sentido y cualquier tipo de parcialización de la fe por su sometimiento a intereses o ideologías.

Objetivos de la formación espiritual

La fe y el bautismo incorporan a Cristo y a su Iglesia. Una vez completada la iniciación cristiana con los sacramentos de la Confirmación y la Eucaristía, la vivencia de la gracia bautismal prepara y capacita al seminarista para responder a la vocación y a la misión presbiteral. Es importante, por ello, que en el proceso de formación espiritual, el seminarista vaya creciendo en su gracia bautismal hacia la perfección, de modo que vaya adquiriendo las virtudes y hábitos propios de la vida presbiteral.

Entre los jóvenes que solicitan incorporarse al Seminario, no todos presentan el mismo grado de madurez en la fe y en la vocación. Es responsabilidad del Seminario y en particular de los formadores ayudar a decantar y esclarecer en el proceso de formación estas situaciones personales a fin de favorecer el crecimiento en la fe y en la vocación sacerdotal.

La formación espiritual del Seminario tiene una finalidad específica: cultivar la espiritualidad del presbítero diocesano secular. Es necesario que haya una formulación clara de esta espiritualidad en el proceso de formación espiritual de los seminaristas.

El Seminario iniciará y capacitará al seminarista para vivir la espiritualidad de presbítero diocesano secular. El cultivo de esta espiritualidad garantiza la coherencia y unidad en la formación espiritual del seminarista. Ante las diversas espiritualidades que existen en la Iglesia, el seminarista habrá de cultivar la que le es propia, pudiendo incorporar otros elementos que, efectivamente, supongan un enriquecimiento personal en su formación como flituro presbítero diocesano secular.

Es responsabilidad del Seminario discernir y dar cohesión a las aportaciones que puedan provenir desde otro tipo de espiritualidades.

“La formación espiritual ha de darse de forma que los seminaristas aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu”.

Es imprescindible que el seminarista viva con gratuidad y confianza la fe en Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es un indicador de madurez cristiana que las decisiones importantes sean iluminadas por la voluntad de Dios y que afronten los momentos de dificultad, desánimo e incluso hostilidad con la firme esperanza de que el Padre nunca abandona del todo a sus hijos.

La Virgen María ha de ocupar en la espiritualidad del futuro presbítero la importancia que demanda nuestra fe. La Iglesia siempre la ha encontrado en todas las ocasiones en que trataba de descubrir a Cristo. “La devoción a la Virgen puede y debe ser una garantía frente a todo lo que tendiera hoy a cortar las raíces históricas del Misterio de Cristo”. En cualquier caso, el culto a María no significa añadir una nota de piedad sentimental a la formación espiritual del Seminario o caer “en una yana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes”.

La formación del futuro presbítero, como sacerdote secular requiere unas condiciones de vida que permitan un amplio conocimientode la sociedad concreta a la que tendrá que servir y una atención peculiar a los problemas actuales del mundo y de la Iglesia.

El celibato por el Reino de los Cielos tiene una significación cristológica, eclesiológica y escatológica que es preciso asimilar en la formación espiritual. Por el celibato “los presbíteros se consagran de nueva y excelente manera a Cristo, se unen más fácilmente a El con corazón indiviso, se entregan más libremente en El y por El, al servicio de Dios y de los Hombres”.

Se convierte en señal y estímulo de caridad, esto es, “signo de un amor sin reservas” que capacita al célibe consagrado para hacerse “todo a todos en su ministerio sacerdotal”.